A Puñetazos no aprendí
La primera vez que tuve el (des)agrado de escuchar una declaración televisada del hoy congresista –antes hijito de papi y expracticante de juegos sexuales con canes– que responde al nombre de Kenji Fujimori, me pregunté el por qué este hombrecito criado en Perú toda su vida hablaba tan mal el castellano, destruía la sintaxis de manera abominable, arrastraba las palabras y masticaba el idioma, tal como lo hizo su padre en los cientos de discursos y entrevistas emitidos durante los 10 años que duró su gobierno de facto. Bueno, Kenji es japonés de tercera generación y quizá en su hogar se hablaba más el idioma asiático que el español.
Desde muy temprana edad, el aún niño y casi adolescente Kenji Gerardo Fujimori Higuchi acostumbraba acompañar a su padre en todos los viajes que el expresidente (y exdictador) hacía a lo largo y ancho de nuestro país, por allá por el lejano mil novecientos noventa y tantos, mientras recorría el Perú repartiendo víveres y otros enseres (limosnas ¿?) y construyendo colegios de material noble (noblemente dudoso) de manera que buscaba adeptos/un pueblo idiotizado/potenciales electores en vez de ciudadanos pensantes, críticos y con una educación de verdadera calidad. Todos suponían que tal vez el juguetón Kenji era el sucesor nato de una dinastía peruano-japonesa de un (felizmente) frustrado intento de familia imperial. Para bien del país eso aún no sucede (y ojalá no volvamos a estar tan cerca de que suceda).
Un día, como todo adolescente con las hormonas revoloteándole y mientras recorría el breve pero difícil camino hacia la madurez mental (sí, claro), personal y sexual (¿sexual? Sí, sexual), el travieso Kenji, tan prudente como siempre y destacando lo mejor de sí, salió de paseo con su fusil AKM, su séquito de guardaespaldas y su fiel perro Puñete. Ya es sabido por la gran mayoría lo que sucedió aquel día cuando, mareado por el poder paternal, Kenji protagonizó una especie de cortometraje, unas imágenes fuera de lo común que rozaban la zoofilia, un intento de película pornográfica de grueso calibre: Kenji se bajaba los pantalones, dejando su órgano reproductor masculino al descubierto, mientras el acomedido perro Puñete asomaba su húmedo hocico hacia el pene sansei. Gracias a este episodio del hoy parlamentario es que, durante la marcha “Fujimori nunca más” celebrada el 26 de mayo del año 2011 en plena la campaña presidencial de Perú (en la que la hermana de Kenji, Keiko Fujimori, era candidata por Fuerza 2011) una de las arengas de los jóvenes manifestantes fue la siguiente: “¡Kenji, maldito, no violes al perrito!”, celebrada hasta el cansancio en las redes sociales (llámese Twitter) y provocado innumerables escenas de mofas y sonoras carcajadas.
La semana pasada el parlamentario por Fuerza 2011 instó al actual presidente de la República, Ollanta Humala, a tener una voz “Fuerte y masculina”, durante la interpelación al ministro del Interior, Daniel Lozada, en el Congreso de la República. Esa declaración provocó el reclamo de los demás congresistas que obligaron a Kenji retirar sus palabras, mientras él continuó argumentando que el gobierno tiene “una crisis de identidad”.
No sé si el descendiente de japoneses estaba bromeando, pero pedirle al jefe de Estado tener una voz “clara y masculina” supone que Ollanta Humala es un tipo de carácter débil y afeminado. Si bien el argumento es machista (o yo no sé cuál fue el verdadero trasfondo de la declaración de Kenji) no logro entender, mi cerebro no procesa, cómo es que el exadolescente que realizó actos de perversión con un animal doméstico y que es parodiado, en la televisión peruana por el actor cómico Jorge Benavides, bajo la imagen de un hombre que no puede despegarse del seno paternal que repite incansablemente la frase “Tampoco tampoco” o “Api” como si fuese una niña engreída, no entiendo que ese Kenji, paradaójicamente, lance esa frase tan falta de respeto y tan absurda y machista a la vez (suponer que las voces femeninas no sirven, por ejemplo). No lo entiendo y no lo entenderé nunca. Lo que sí está claro aquí es que Kenji fue el congresista más votado en los últimos comicios con más de 300 mil votos, lo otro claro es que hace más de 20 años nuestro país no elige ni planes de gobierno, ni personalidades respetadas y destacadas en el área en la que se desenvuelven, Perú elige al más chabacano, al que le dice lo que quiere escuchar, al que apela a la eterna gran huevada para salir electos, al que le obsequia un kilo de arroz o una olla o una cocina. Aquí cualquier hijo de vecino –o hijo de su padre– puede ingresar en la política y puede representarnos y puede tomar decisiones importantes para millones de connacionales a través de un cargo público.
Si se podría definir la personalidad de un país a través de los políticos que tiene, entonces el nuestro es (gracias a Kenji y a otros tantos ilustres representantes más) un adolescente acojudado, cuya única preocupación es reírse y vivir despreocupado, rascándose la panza y mirando programetes de televisión de señal abierta que no apelan más que a prejuicios históricos: racismo, homofobia, etc. (tómese como ejemplo el aclamado y archiconocido programa “Al fondo hay sitio” del productor Efraín Aguilar). Pero la televisión peruana es otro tema de largo aliento y grandes dosis de jugo biliar. Gracias por venir, vuelva pronto.


Excelente artículo, aunque estaba tratando de comentar el otro, el de Telefónica. ¿Cómo hago para comentarlo?